Rojo y negro

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Esta filosofía podía resultar cierta, pero era tal que movía a desear la muerte. Así transcurrieron cinco largos días. Julien era cortés y dulce con Mathilde, a quien veía que tenían exasperada los más vehementes celos. Una noche, Julien estaba pensando muy en serio en matarse. Le tenía debilitado el ánimo la honda desesperación que le había causado la marcha de la señora de Rênal. Ya no le hallaba gusto a nada, ni en la vida real, ni en la imaginación. La falta de ejercicio estaba empezando a alterarle la salud y se le estaba poniendo el carácter de un estudiante alemán. Estaba perdiendo esa viril altivez que descarta con un enérgico reniego algunas ideas poco decorosas que les asaltan el ánimo a los desdichados.

«Le tuve amor a la verdad… ¿Dónde está?… Hipocresía por doquier, o al menos charlatanería, incluso en los más virtuosos, incluso en los más grandes… —e hizo un mohín de asco—. No, el hombre no puede fiarse del hombre.

»La señora de…, cuando estaba haciendo una colecta para sus huérfanos pobres, me decía que este o aquel príncipe le acababa de dar diez luises; una mentira. Pero ¿qué digo? ¡Napoleón en Santa Elena! Charlatanería pura; una proclama a favor del rey de Roma.


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