Rojo y negro
Rojo y negro »¡Santo cielo! Si un hombre asÃ, incluso cuando la desdicha tiene que recordarle severamente dónde está el deber, se rebaja hasta la charlatanerÃa, ¿qué se puede esperar del resto de la especie?
»¿Dónde está la verdad? En la religión… Sà —añadió con la sonrisa amarga del desprecio más extremado—, en boca de los Maslon, de los Frilair, de los Castanède… ¿Quizá en el cristianismo auténtico, cuyos sacerdotes no recibÃan paga, como tampoco lo recibÃan los apóstoles…? Pero para san Pablo era una paga el placer de mandar, de hablar, de que hablasen de él…
»¡Ay, si hubiera una auténtica religión…! ¡Seré bobo! Veo una catedral gótica, unas vidrieras venerables; con mi débil corazón me imagino al sacerdote de esas vidrieras… Mi alma lo entenderÃa, mi alma lo necesita… Y solo encuentro un fatuo con el pelo sucio… Un señor de Beauvoisis sin aderezos.
»Pero un sacerdote de verdad, un Massillon, un Fénelon… Massillon ungió a Dubois. Las Memorias de Saint-Simon me desbarataron a Fénelon; pero un sacerdote de verdad, vamos… Entonces las almas sensibles tendrÃan un punto de reunión en el mundo… No estarÃamos aislados… Ese buen sacerdote nos hablarÃa de Dios. Pero ¿de qué Dios? No del de la Biblia, un despotiquilla cruel y sediento de venganza… sino del Dios de Voltaire, justo, bueno, infinito…»