Rojo y negro
Rojo y negro Lo alteraron todos los recuerdos de esa Biblia que se sabía de memoria. «Pero ¿cómo, en cuanto nos juntemos tres, creer en ese magno nombre, Dios, tras la espantosa forma en que abusan de él los sacerdotes?
»¡Vivir aislado!… ¡Qué tormento!
»Me estoy volviendo loco e injusto —se dijo Julien dándose una palmada en la frente—. Estoy aislado aquí, en este calabozo; pero no he vivido aislado en el mundo; tenía la potente idea del deber. El deber que me había impuesto a mí mismo, con o sin razón… fue como el tronco de un árbol sólido en que me apoyaba durante la tormenta; vacilaba, me inmutaba. A fin de cuentas, no era sino un hombre… pero la tormenta no me arrastraba.
»Es el aire húmedo de este calabozo lo que me hace pensar en el aislamiento…
»Y ¿por qué seguir siendo hipócrita al maldecir la hipocresía? No son ni la muerte, ni el calabozo, ni el aire húmedo, es la ausencia de la señora de Rênal lo que me tiene abrumado. Si en Verrières me viese obligado, para verla, a vivir semanas enteras escondido en el sótano de su casa, ¿me quejaría?
»La influencia de mis contemporáneos prevalece —dijo en voz alta y con una risa amarga—. Aquí, hablando solo, conmigo mismo, a dos pasos de la muerte, sigo siendo un hipócrita… ¡Ay, siglo XIX!