Rojo y negro
Rojo y negro La señorita de La Mole se enteró de que había muerto el marqués de Croisenois. El señor de Thaler, aquel hombre tan rico, se había permitido unas palabras desagradables acerca de la desaparición de Mathilde. El señor de Croisenois fue a rogarle que las retirase: el señor de Thaler le enseñó cartas anónimas que le habían enviado y llenas de detalles relacionados entre sí con tanto arte que al pobre marqués no le quedó más remedio que ver a medias la verdad.
El señor de Thaler se permitió bromas de lo más chocarrero. Loco de ira y de pena, el señor de Croisenois exigió unas reparaciones tan extremadas que el millonario prefirió un duelo. La necedad triunfó y uno de los hombres de París más digno de que lo quisieran halló la muerte a los veinticuatro años.
Esa muerte causó una impresión extraña y morbosa en el ánimo debilitado de Julien.
—La verdad es que el pobre Croisenois —le decía a Mathilde— fue muy tolerante y muy cabal con nosotros; habría debido odiarme en los tiempos de aquellas imprudencias de usted en el salón de su madre y buscarme las vueltas; porque el odio que viene tras el desprecio suele ser rabioso…
La muerte del señor de Croisenois cambió todas las ideas de Julien acerca del porvenir de Mathilde: estuvo varios días demostrándole que debía aceptar la mano del señor de Luz: