Rojo y negro
Rojo y negro En cuanto a Julien, salvo en los momentos que le robaba la presencia de Mathilde, vivÃa de amor y sin pensar casi en el porvenir. Por un curioso efecto de esa pasión, cuando es extremada y sin fingimiento alguno, la señora de Rênal compartÃa casi del todo esa despreocupación y esa alegrÃa.
—Antes —le decÃa Julien—, cuando habrÃa podido ser tan feliz cuando paseábamos por los bosques de Vergy, una ambición fogosa me arrastraba el alma hacia comarcas imaginarias. ¡En vez de estrechar contra el pecho ese brazo adorable que tan cerca de los labios tenÃa, el porvenir me robaba a ti! Estaba entregado a los incontables combates que habrÃa tenido que reñir para levantar una fortuna colosal… HabrÃa muerto sin conocer la felicidad si no hubiese usted venido a verme a esta cárcel.
Dos sucesos alteraron esa vida sosegada. El confesor de Julien, por muy jansenista que fuera, no se libró de una intriga de los jesuitas y, sin pretenderlo, se convirtió en instrumento suyo.
Acudió un dÃa a decirle que, a menos de cometer el espantoso pecado de suicidio, debÃa dar todos los pasos posibles para conseguir el indulto. Ahora bien, como el clero tenÃa mucha influencia en ParÃs, en el ministerio de Justicia, habÃa un medio fácil: tenÃa que convertirse de forma sonada…