Rojo y negro

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—Y ¿qué me quedará si me desprecio a mí mismo? —respondió fríamente Julien—. He sido ambicioso, no quiero censurarme: me comporté entonces según las conveniencias de la época. Ahora vivo al día. Pero así, calculando los hechos a ojo, sería muy desgraciado si cometiese alguna cobardía.

El otro incidente, que afectó mucho más a Julien, lo causó la señora de Rênal. A saber qué amiga intrigante había conseguido convencer a esa alma cándida y tan tímida de que era deber suyo ir a Saint-Cloud y postrarse ante el rey Carlos X.

Esta había aceptado el sacrificio de separarse de Julien y, tras ese esfuerzo, la desazón de dar un espectáculo que, en otros tiempos, le habría parecido peor que la muerte, no tenía ya importancia para ella.

—Iré a ver al rey, confesaré alto y claro que eres mi amante; la vida de un hombre, y de un hombre como Julien, debe prevalecer sobre todas las consideraciones. Diré que atentaste contra mi vida por celos. Hay muchos ejemplos de pobres jóvenes que, en casos semejantes, se salvaron por la humanidad de los jurados o por la del rey…


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