Rojo y negro

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—Dejo de verte, hago que te cierren las puertas de la cárcel y, desde luego, a la mañana siguiente me mato por desesperación —exclamó Julien—, si no me juras que no darás ningún paso que nos convierta en espectáculo público. Esa idea de ir a París no es tuya. Dime el nombre de la intrigante que te la ha sugerido…

»Vamos a ser felices los pocos días de esta corta vida. Ocultemos nuestra existencia; mi crimen está clarísimo. La señorita de La Mole cuenta con muchas influencias en París, puedes estar convencida de que hace cuanto es humanamente posible. Aquí, en provincias, tengo en contra a todas las personas ricas y de consideración. Esa gestión tuya agriaría más aún a esa gente rica y, sobre todo, moderada a quien la vida le resulta fácil… No demos que reír a los Maslon, a los Valenod y a mil personas que valen más que ellos.

El aire malsano del calabozo se le iba haciendo insoportable a Julien. Afortunadamente, el día en que le anunciaron que tenía que morir, un sol espléndido alegraba la naturaleza y Julien tenía la vena valerosa. Caminar al aire libre le resultó una sensación deliciosa, como el paseo en tierra del navegante que ha estado mucho tiempo en el mar. «Vamos, todo va bien —se dijo—, no me falta valor.»


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