Rojo y negro

Rojo y negro

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Nunca había sido tan poética aquella cabeza como en el momento en que iba a caer. Los momentos más dulces que había vivido hacía tiempo en los bosques de Vergy le volvían en tropel al pensamiento y con tremenda energía.

Todo sucedió sencillamente, decentemente y, por su parte, sin afectación alguna.

La antevíspera, le había dicho a Fouqué:

—De la emoción, no puedo responder: este calabozo tan feo, tan húmedo, me da fiebre a ratos y no sé lo que hago; pero miedo, no; nadie me verá palidecer.

Había arreglado las cosas para que la mañana del último día Fouqué raptase a Mathilde y a la señora de Rênal:

—Llévatelas en el mismo coche —le había dicho—. Apáñatelas para que los caballos del coche de postas vayan siempre al galope. Caerán una en brazos de otra o se odiarán a muerte. En ambos casos esas pobres mujeres se distraerán un poco de su espantoso dolor.

Julien le había exigido a la señora de Rênal el juramento de que viviría para ocuparse del hijo de Mathilde.


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