Rojo y negro

Rojo y negro

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—¿Quién sabe? A lo mejor seguimos teniendo sensaciones después de la muerte —le decía un día a Fouqué—. Me gustaría mucho descansar, ya que descansar es la palabra, en esa cuevecita de la montaña alta que domina Verrières. Te lo he contado varias veces: retirado de noche en esa cueva y mirando desde lejos las más ricas provincias de Francia, el corazón se me inflamó de ambición: esa era mi pasión entonces… En fin, esa cueva me es querida y no se puede negar que está situada de forma tal que apetece al alma de un filósofo… Bien, pues esos buenos miembros de la Congregación de Besançon le sacan dinero a todo; si sabes arreglártelas, te venderán mis restos mortales…

Fouqué llevó adelante con bien tan triste negociación. Estaba pasando la noche solo en su cuarto junto al cuerpo de su amigo, cuando, para mayor sorpresa suya, vio entrar a Mathilde. Pocas horas antes la había dejado a diez leguas de Besançon. Tenía los ojos y la mirada extraviados.

—Quiero verlo —le dijo.

Fouqué no tuvo valor ni para hablar ni para ponerse de pie. Le indicó con el dedo un amplio abrigo azul que había en el suelo; en él estaba envuelto lo que quedaba de Julien.


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