Rojo y negro

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Mathilde se arrodilló. El recuerdo de Boniface de La Mole y de Margarita de Navarra debió de infundirle un valor sobrehumano. Con manos trémulas abrió el abrigo. Fouqué apartó la vista.

Oyó a Mathilde andar apresuradamente por la habitación. Estaba encendiendo unas velas. Cuando Fouqué tuvo fuerzas para mirarla, había colocado ante sí, encima de una mesita de mármol, la cabeza de Julien y le estaba dando un beso en la frente…

Mathilde siguió a su amante hasta la tumba que este había elegido. Gran número de sacerdotes escoltaban el ataúd y, sin que nadie lo supiera, sola en su coche con paños de luto, llevó en las rodillas la cabeza del hombre al que tanto había amado.

Al llegar así al punto más alto de una de las elevadas montañas del Jura, en plena noche, en aquella cuevecita espléndidamente iluminada con una cantidad infinita de velas, veinte sacerdotes celebraron el oficio de difuntos. Todos los vecinos de las aldeas de las montañas por las que había cruzado el cortejo se habían ido detrás, atraídos por lo singular de aquella extraña ceremonia.

Mathilde se presentó entre ellos con largo vestido de luto y, al final del oficio, mandó que les echasen varios miles de monedas de cinco francos.


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