Carrie
Carrie —¡Regla! ¡Regla! ¡Que lo tape! —gritan las chicas mientras la bombardean con tampones y compresas como si lanzaran piedras. El círculo de humillación se cierra y ella aúlla, desbordada.
Ese es el catalizador. El punto de ignición. Y mientras Carrie tiembla de terror, algo se activa en su interior. Una fuerza dormida. Telarañas mentales que se tensan. El primer signo de lo inexplicable: una luz estalla. Un cenicero vuela. El mundo empieza a resquebrajarse a su alrededor.
Carrie es llevada a la oficina del subdirector, llorando como una niña perdida. Pero nadie en esa escuela tiene idea de lo que han despertado. Nadie sospecha que esta chica torpe y maltratada posee un poder ancestral: telequinesis. Y cuando su angustia rebasa el límite, lo incontrolable se libera. Lo invisible se mueve. Lo imposible se vuelve inevitable.
—Yo no me llamo así —grita cuando la llaman "Cassie". El aire tiembla. Un cenicero estalla en mil pedazos.
La infancia de Carrie fue un calvario. Su madre, una figura terrorífica que mezcla religión con abuso, la crió entre rezos y castigos físicos. Armarios oscuros como penitencia. Oraciones en voz alta para expulsar los “pecados” de la carne. Cuando a los tres años una lluvia de piedras cayó sobre su casa, nadie supo qué pasó. Nadie imaginó que fue ella.
