Cujo
Cujo El perro choca contra ella. Donna cae. Grita. Golpea. La sangre brota: suya, del perro, mezcladas en el polvo. Cujo la muerde en el brazo, el hombro. Ella no suelta el arma. Gira la muñeca. Un golpe seco en el cráneo del San Bernardo. Otro. Otro.
Cujo cae, tambaleante. Vuelve a levantarse. Pero algo se ha roto dentro de él. Donna le lanza un último golpe. La herramienta se hunde. El perro se desploma, su cuerpo temblando… y se queda quieto.
Silencio.
Donna, ensangrentada, se arrastra hasta Tad. Lo saca del coche. Su piel está azulada, sus labios resecos. Lo sacude. Le da respiración. Le habla, le grita.
—¡Tad, por favor! ¡Despierta! ¡Tad!
No hay respuesta.
Entonces, las sirenas.
Vic aparece entre las patrullas, su rostro una máscara de horror. Corre hacia el cuerpo de su hijo. Donna lo abraza, hecha un nudo de sangre y lágrimas. Juntos lo reaniman. Pero ya es tarde.
—No lo logré —susurra ella.
La policÃa inspecciona la escena. Encuentran el cadáver de Joe, de Gary, del propio Cujo. El horror queda registrado. Pero nadie puede medir la dimensión real de lo que pasó ahà dentro.
El monstruo murió. Pero dejó cicatrices que no sanarán nunca.