Después de medianoche
Después de medianoche —¿Mamá? —su voz apenas rompió el silencio.
Nadie respondió.
Unos asientos adelante, Nick Hopewell, un hombre de semblante tranquilo pero con la mirada de alguien que ha visto demasiado, despertó con un escalofrío. Algo estaba mal. Se quitó los auriculares, esperando el murmullo habitual de un vuelo nocturno. Nada. Se giró y su estómago se encogió.
El avión estaba casi vacío.
Se puso de pie con cautela, avanzando por el pasillo. Algunos pasajeros aún dormían, pero la mayoría de los asientos estaban desocupados. No había rastros de los que faltaban: ni equipaje de mano, ni cinturones desabrochados, ni el más mínimo indicio de que alguna vez hubieran estado allí. Como si se hubieran desvanecido.
La voz de Dinah se quebró al hablar de nuevo:
—¿Hay alguien aquí?
Nick vio al resto de los supervivientes despertando uno a uno. Albert Kaussner, un joven estudiante de violín, parpadeó confundido. Laurel Stevenson, una mujer de negocios, se abrazó a sí misma, sintiendo un frío extraño. Rudy Warwick, con su barriga prominente y su gesto de desagrado, ya estaba sudando, murmurando para sí mismo que algo andaba terriblemente mal.
