Duma Key
Duma Key —A la casa de los Eastlake.
La tormenta estalló cuando llegaron. El viento aullaba entre los árboles, y las olas golpeaban la orilla como si quisieran tragarse la isla entera. La mansión Eastlake se erguía como un cadáver entre las sombras.
Wireman empujó la puerta y el aire dentro estaba espeso, cargado de algo antiguo y maligno.
—Los cuadros —susurró Edgar.
Estaban por todas partes. Lienzos apilados en los pasillos, algunos rasgados, otros cubiertos de polvo. Todos mostraban la misma imagen: Perse emergiendo del mar.
Elizabeth Eastlake había tratado de advertirle. De encerrarla en sus pinturas.
Pero Edgar la había despertado.
—Tenemos que destruirlos —dijo Wireman.
Edgar asintió. Buscó un encendedor en su bolsillo y lo encendió.
La primera llama lamió la esquina de un lienzo. Luego el fuego se propagó, hambriento, consumiendo cada cuadro, cada trazo de pintura que alguna vez le dio forma.
La casa comenzó a temblar.
El viento se volvió un rugido.
Y entonces la escucharon.
—No pueden detenerme.