El visitante
El visitante Y ahora tenía otro rostro.
El funeral de Terry Maitland se llevó a cabo tres días después.
El cielo estaba gris, cargado de nubes que amenazaban con tormenta. Marcy Maitland estaba de pie junto a la tumba de su esposo, con el rostro vacío, las manos apretadas contra su pecho como si intentara sostenerse por dentro. Sus hijas se aferraban a ella, dos sombras pequeñas, demasiado jóvenes para comprender la magnitud de lo que había sucedido.
Ralph Anderson estaba allí, sintiéndose como un intruso.
Porque había sido su decisión. Su maldito arresto público. Él había convertido a Terry en un espectáculo, en un villano de tabloide, en un blanco perfecto.
Y ahora estaba muerto.
El fiscal Samuels se acercó a Ralph mientras la gente comenzaba a dispersarse.
—Tenemos que seguir adelante —dijo en voz baja—. El caso está cerrado.
Ralph lo miró con incredulidad.
—¿Cerrado?
—El asesino está muerto. La ciudad necesita seguir con sus vidas.