En la hierba alta
En la hierba alta —Para que no te olvides de quién eres —dice—. Pero ya no importa. Él está aquÃ. Ya todos somos parte.
Ross se arrodilla junto a Becky, que lucha por no desmayarse. El bebé está a punto de salir. Y la piedra, silenciosa, vibra como si se alimentara del sufrimiento.
Cal llega justo cuando el niño nace. La escena lo golpea como una descarga eléctrica: Becky, pálida, exhausta, sosteniendo una criatura cubierta de barro y sangre; Ross, contemplando con ojos de fanático; y la piedra, impasible, como un dios antiguo e insaciable.
—¡Aléjate de ella! —grita Cal.
Pero Ross se rÃe.
—Ya es tarde. Ella lo entiende. Lo ha visto.
Becky lo mira. Sus labios tiemblan. Apenas logra susurrar:
—No... es... mÃo.
La criatura se retuerce en sus brazos, emitiendo un sonido que no es un llanto. Es un canto hueco, grave, que parece emanar desde la tierra. Ross extiende las manos para tomarlo, pero Cal se lanza sobre él.
Luchan. El campo se agita. Las hojas tiemblan. Cal golpea, muerde, araña. La piedra brilla más fuerte. Ross sangra. Pero no cae.
—¡Él vive en nosotros! —grita—. ¡En cada célula! ¡En cada voz!