La Milla Verde
La Milla Verde Paul dejó que la tensión se disipara, pero en el fondo lo sabía. Percy no olvidaba. Y siempre encontraba una forma de vengarse.
Esa noche, Paul pasó por la celda de Coffey.
—¿Por qué te preocupaste por el ratón? —preguntó.
Coffey levantó la mirada, con esa tristeza infinita que parecía tatuada en su cara.
—Solo quería jugar.
Paul sintió un escalofrío. No por la respuesta, sino por lo que se escondía detrás de ella. Coffey entendía el dolor. Lo sentía en los demás.
Y eso, en la Milla Verde, solo significaba problemas.
El bloque E olía a desesperación. Cada reo sabía que la silla eléctrica lo esperaba al final del pasillo, y no importaba cuán duro fueran, cuántas veces hubieran matado… todos temían la Freidora.
Eduard Delacroix, con su acento cajún y su risa temblorosa, la temía más que nadie. Y Percy lo sabía.
—¿Preparado para tostarte, Eddie? —susurró Percy mientras pasaba frente a su celda.
Delacroix se encogió en la esquina de su catre, abrazando a Mr. Jingles. El ratón subió a su hombro y se restregó contra su cuello, como si entendiera que algo estaba mal.
