La niebla
La niebla David aparcó el coche y bajó con Billy de la mano. No había música en el aire, ni risas, ni el bullicio habitual. Sólo conversaciones en voz baja y rostros preocupados.
—Parece una reunión de conspiradores —murmuró David, más para sí mismo que para su hijo.
Dentro, la atmósfera era pesada. Gente empujando carritos, llenando cestas de alimentos como si se prepararan para un asedio. En las conversaciones se repetían las mismas palabras: "árboles caídos", "cables rotos", "la niebla".
David intercambió saludos tensos con algunos conocidos, recogió leche, pan y unas latas de conserva. No tardó en notar que muchos, como él, echaban miradas furtivas hacia el exterior.
La niebla estaba cada vez más cerca.
Entonces, un sonido extraño rompió el zumbido bajo de las voces: un chirrido, como si un gigantesco insecto hubiera rozado el edificio. Un escalofrío recorrió el cuerpo de David.
—Papá… —susurró Billy, aferrándose a su brazo.
Una sombra se movía tras los ventanales del supermercado. Algo se agitaba dentro de la niebla, algo demasiado grande, demasiado rápido para ser el viento.
—Tranquilo, campeón —dijo David, sin poder evitar que su voz temblara.