La niebla
La niebla David se apresuró a buscar velas, maldiciendo entre dientes mientras rebuscaba entre armarios y cajones. Detrás de una muñeca taiwanesa y un paquete olvidado de fotografías viejas, encontró por fin un paquete de velas. No llegó a encenderlas: un trueno desgarró el aire y, de inmediato, la casa se sumió en la oscuridad.
—¿Papá? —la voz temblorosa de Billy flotó desde la cocina.
—Estoy aquí, campeón —respondió David, encendiendo una vela que proyectó largas sombras danzantes en las paredes.
Steffy, con el rostro pálido, abrazaba a Billy. El rugido del viento era ensordecedor, y cada golpe del aire hacía temblar los cimientos de la casa.
—¿Bajamos al sótano? —preguntó Steff, alzando la voz por encima del vendaval.
David asintió. Guiados por las titilantes llamas, descendieron al cuarto de huéspedes, una especie de refugio improvisado donde Billy solía dormir cuando había visitas. Allí, envueltos en mantas y silencio, escucharon los embates de la tormenta.
Durante horas, el mundo exterior fue un caos de estruendos, crujidos y zumbidos. Un árbol cayó cerca, su tronco partiéndose con un sonido hueco y definitivo. La lluvia, antes furiosa, se convirtió en un tamborileo constante sobre el tejado.
