La niebla
La niebla —Llevamos tres días oyendo truenos sin ver una sola gota de lluvia.
David no respondió. Se limitó a seguir el lento avance de las nubes mientras Billy jugaba ajeno a todo, montando una torre tambaleante con su mecano de tubos. En la distancia, la radio de Brent Norton, su vecino, crujía entre interferencias.
La primera señal real llegó como un susurro: una brisa helada que les acarició el sudor en la piel. En cuestión de minutos, la calma se desintegró. El lago, hasta entonces un espejo plomizo, se encrespó bajo un velo de lluvia que avanzaba como una muralla.
—Dentro, ahora —ordenó David, su voz cortando el aire.
Billy soltó su juguete y corrió hacia sus padres. Atravesaron las puertas de vidrio justo cuando el primer relámpago desgarraba el cielo, bañando el mundo en una luz blanca y antinatural.
Desde el interior, vieron cómo la tormenta desataba su furia. Los árboles se inclinaban como si buscaran escapar de un azote invisible. La superficie del lago se rompía en miles de olas diminutas, cada una coronada de espuma.
