La niebla
La niebla En algún momento, cuando la violencia pareció remitir, subieron al salón. David fue el primero en notar el desastre: el ventanal panorámico estaba destrozado. El viento había lanzado contra él ramas y escombros; el suelo estaba alfombrado de cristales rotos.
Steff se llevó una mano a la boca.
—La cómoda de tu madre... el sofá nuevo...
David se acercó y le pasó un brazo por los hombros.
—Lo importante es que estamos bien.
Billy, somnoliento, se acurrucó entre ellos. Mientras la tormenta agonizaba allá afuera, David no pudo evitar sentir una punzada de inquietud. No era sólo la destrucción material, ni siquiera la intensidad de la tormenta. Era algo más. Algo que palpitaba en el fondo de su mente como un tambor lejano.
Aquella noche durmieron todos juntos en el sótano, como una familia de náufragos. Billy, con la inocencia intacta, fue el primero en rendirse al sueño. Steff lo siguió poco después, aferrada a David como un náufrago a su tabla.
