La niebla
La niebla Él, en cambio, tardó en cerrar los ojos. Cuando por fin lo hizo, lo asaltó un sueño vÃvido y perturbador: vio a una figura gigantesca, tan alta que su cabeza se perdÃa entre las nubes, caminando hacia el lago. Cada paso que daba incendiaba las casas y los árboles, dejando tras de sà un humo denso, blanco y frÃo como la muerte.
Una niebla.
Un presagio.
Un aviso.
El amanecer llegó despejado y engañosamente tranquilo. El cielo, que la vÃspera era un revoltijo sucio de nubes, se mostraba ahora limpio y azul, como si la tormenta no hubiera sido más que una mala pesadilla. Pero el paisaje no mentÃa: árboles arrancados de raÃz, cables eléctricos retorcidos como serpientes moribundas, techos perforados y escombros esparcidos recordaban la violencia de la noche.
Billy, con los ojos abiertos de par en par, señalaba hacia el camino de acceso.
—Papá, mira… —dijo, su voz temblando entre el asombro y el miedo.
David siguió su mirada. A escasos metros de donde estaban, un cable de alta tensión chisporroteaba en un charco de agua. El olor a ozono y a hierba quemada impregnaba el aire.