La niebla
La niebla —No te acerques, campeón —advirtió David, colocando su mano en el hombro de Billy.
El niño asintió, mordiéndose el labio. El peligro, aunque fascinante, estaba claro incluso para él.
Con la sierra mecánica en mano, David empezó la ardua tarea de despejar el camino. Trozos de ramas, troncos partidos y maleza bloqueaban la salida. El zumbido de otras sierras se elevaba en el aire, acompañando la mañana como un coro mecánico.
Mientras trabajaba, notó algo inquietante. A lo lejos, en el extremo del lago, una lÃnea blanca se extendÃa hacia ellos. Al principio pensó que era humo, quizá algún incendio oculto entre los árboles. Pero al observar mejor, se dio cuenta de que era otra cosa: una niebla, espesa y densa, que avanzaba lenta pero inexorablemente.
—¿Qué demonios…? —murmuró.
Steff, que se habÃa acercado para ver su progreso, también la vio.
—No me gusta eso —dijo, frunciendo el ceño—. No me gusta nada.
David trató de restarle importancia.
—Sólo es niebla. El calor, la humedad… después de una tormenta como la de anoche, no es raro.