Misery
Misery Annie Wilkes estaba muerta.
Pero Paul nunca volvería a estar a salvo.
Meses después, en un café de Nueva York, el camarero le llevó una taza de té.
Paul lo observó sin tocarlo. Su mano temblaba ligeramente.
La gente a su alrededor reía, hablaba. Para ellos, el mundo seguía girando.
Para Paul, Annie seguía allí.
La veía en los reflejos de las ventanas, en las sombras que se movían fuera de su vista.
Cuando cerraba los ojos, aún sentía su respiración en su cuello.
Nunca escaparía de ella.
Ella era su fan número uno.
Y siempre lo sería.
FIN.