Misery
Misery Paul intentó hablar, pero su garganta era un desierto. Annie le acercó una cuchara con agua y la dejó deslizarse entre sus labios resecos. Mientras el líquido bajaba por su garganta, su mente intentó unir los fragmentos dispersos de su memoria. La tormenta. La carretera helada. La embestida brutal de la nieve y el impacto.
—Tuviste un accidente, Paul. Pero no te preocupes, te salvaré.
Esa palabra se repitió en su cabeza como un eco hueco. Salvar . No podía mover las piernas. Un peso las anclaba al colchón. Intentó incorporarse, pero un dolor cortante lo inmovilizó.
—¡Shh, shh! No te muevas demasiado. Tus piernas… estaban muy mal cuando te encontré. Pero no te preocupes. Soy enfermera. Sé cómo cuidarte.
La mujer se levantó y caminó hacia la ventana. Afuera, un mar blanco se extendía en todas direcciones. La nieve cubría el mundo exterior, envolviendo la casa en un aislamiento absoluto.
—La tormenta fue terrible —continuó Annie—. Pero Dios me envió en el momento justo para salvarte.
Paul forzó una sonrisa. Lo lógico sería agradecerle. Después de todo, lo había sacado de la nieve. Pero había algo en la forma en que lo miraba, en cómo su sonrisa se alargaba demasiado, que lo hizo sentirse como una presa atrapada.
