No tengas miedo
No tengas miedo —¿Yo? Ya bastante culpa tengo con lo mío. Pregunten a los del banco. Duffrey no era querido por todos.
La pista es tenue, pero suficiente. Holly, por su lado, empieza a observar algo que otros pasan por alto: el uso del lenguaje en la carta. Las frases, los signos de puntuación, las referencias formales. Eso no viene de la calle. Es alguien con formación. Alguien que trabaja en oficinas. Alguien que sabe redactar.
Y entonces, como un clic inevitable, se conecta el patrón.
—AA, NA… la jerga, el alias, la expiación… —piensa Holly—. Este tipo viene del mismo lugar que Trig.
Trig. Un nombre breve, casi infantil. Así se hacía llamar un hombre en una vieja reunión de recuperación. Un hombre que parecía nuevo, regenerado. Pero que cargaba un peso invisible. Su rostro ya casi olvidado regresa a la mente de Holly como una sombra mal cerrada.
Mientras tanto, Stewart —el mismo que ríe con Barbara y carga bolsas del supermercado— se vuelve más metódico. Visita sitios. Traza rutas. Hace listas.
—Sin miedo, sin echarse atrás —recita como mantra.