Jumper
Jumper Davy lo siguió. Observó cada uno de sus movimientos, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza. Podía hacerlo. Podía saltar, tomar el dinero y desaparecer antes de que alguien siquiera gritara.
—Solo uno, Davy. Solo este.
En el momento exacto, saltó. Un segundo estaba en la acera y al siguiente, frente al hombre. Le arrancó el maletín de las manos y, antes de que pudiera reaccionar, saltó de nuevo. Esta vez apareció en la azotea de un edificio a varias cuadras de distancia.
Abrió el maletín y la visión lo mareó: montones de billetes verdes, más dinero del que había visto en toda su vida.
—No está mal para un huérfano de Stanville —dijo en voz baja, sonriendo por primera vez en semanas.
Pero la euforia no duró mucho. Dos días después, mientras paseaba por un mercado al aire libre, lo sintió: alguien lo estaba observando. No era paranoia. Su instinto, afinado tras años de vivir con miedo, no mentía.
Apretó el paso, girando en las esquinas, pero los ojos seguían ahí. En su espalda, en los reflejos de los escaparates, en el aire mismo. Finalmente, saltó. Un instante después estaba en la terraza de un edificio.
—¿Quién eres tú? —gritó al vacío. Pero no hubo respuesta.