Jumper
Jumper Entró. El olor lo golpeó primero: un mezcla rancia de alcohol y tabaco. Todo estaba igual, como si el tiempo no hubiera pasado. Las mismas paredes descascaradas, las mismas manchas en la alfombra. Subió las escaleras con cuidado, cada paso resonando en el silencio de la casa.
En su habitación, todo estaba tal como lo había dejado. El libro que había estado leyendo antes de desaparecer seguía en su cama, abierto por la misma página. Era como si nadie hubiera entrado allí desde que se fue.
—No puedo quedarme —murmuró para sí mismo.
De pronto, escuchó un ruido detrás de él. El aire se congeló en sus pulmones mientras giraba lentamente.
—¿Quién anda ahí?
La puerta de su habitación estaba entreabierta, pero no había nadie. O eso pensó, hasta que vio una sombra moverse en el pasillo. Bajó las escaleras tan rápido como pudo, pero lo que encontró no era lo que esperaba.
Sentado en el sofá, con una botella medio vacía en la mano, estaba su padre. Su cabello estaba más canoso, y su figura había adelgazado, pero sus ojos eran los mismos: vacíos, fríos.
—¿Davy? —La voz era áspera, como si no hubiera hablado en días.