Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Sin embargo, el día ya lejano en que Michael Finsbury tomó su famoso asueto, acababa apenas de aparecer el libro de Gideon, y uno de sus ejemplares se hallaba expuesto en el escaparate de la vendedora de periódicos de la estación de Waterloo, de suerte que Gideon pudo verlo antes de subir al tren que debía conducirle a Hampton-Court. Pero ¡cosa increíble!, la vista de su obra no provocó en él sino una sonrisa desdeñosa. ¡Qué necia ambición de perezoso —dijo para sí— la del escribidor de libros! Se avergonzó de haberse rebajado a la práctica de un arte tan infantil. Consagrado por completo al pensamiento de su primera causa, se sintió al fin convertido en hombre. Y la musa que inspira a los novelistas y folletinistas (que debe ser seguramente una dama de origen francés) huyó volando de su lado para ir a tomar parte de nuevo en el coro de sus hermanas, en torno de las inmortales fuentes del Helicón.