Aventuras de un cadaver

Aventuras de un cadaver

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Durante la media hora del viaje distrajeron el alma del joven abogado las más sanas y robustas reflexiones. A cada instante iba escogiendo, desde la ventanilla del vagón, la casita de campo que había de ser muy pronto el asilo de su vida. Y, como si fuese ya propietario, proyectaba las mejoras que iba a introducir en las casas que iba viendo: a una le agregaba una cuadra, a otra una pista de tenis; y se imaginaba el aspecto que tendría una tercera, si enfrente de ella, a orillas del río, se hacía un pabelloncito de madera. «Cuando pienso —decía para sí— que hace una hora apenas era yo un joven necio y descuidado que sólo pensaba en partidas de canoa y en leer folletines… ¡Pasaba junto a las más encantadoras casas de campo sin echarles ni una mirada! ¡Cuán poco tiempo necesita un hombre para madurar!».

El lector inteligente reconocerá en seguida, y por este sencillo monólogo, los estragos que habían causado en el corazón de Gideon los hermosos ojos de la señorita Hazeltine. El abogado, al salir de John Street había conducido a la joven a casa de su tío, el señor Bloomfield, y este personaje, al saber que la joven había sido víctima de una doble opresión, la había tomado ruidosamente bajo su protección.



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