Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver A dos o tres millas más arriba de Padwick, la orilla del Támesis es particularmente solitaria. Los árboles de la opuesta orilla cierran el horizonte y sólo dejan ver la punta de las chimeneas de una vieja casa de campo. En la orilla de Padwick, entre los sauces se adelanta el ya citado pabellón, como un antiguo barco fuera de uso tan manchado por las lágrimas de los vecinos sauces, tan degradado, tan azotado por los vientos, tan descuidado, tan frecuentado por las ratas y tan manifiestamente convertido en almacén de reumatismos, que, por mi parte, hubiera experimentado la mayor repugnancia a instalarme en él.
Para el mismo Jimson fue un momento bastante lúgubre cuando levantó la tabla que servÃa de puente levadizo a su nueva morada y se halló solo en aquella fortaleza malsana. OÃa el ruido que hacÃan las ratas corriendo y saltando bajo el piso y los gemidos de los goznes de la puerta cual si fuesen lamentos de almas en pena; el saloncito estaba lleno de polvo y olÃa horriblemente a húmedo. No, no era posible considerar aquello como un domicilio muy alegre ni aun para un compositor absorto en la composición de un trozo difÃcil. ¡Cuánto menos aún para un joven lleno de inquietudes y que aguardaba la llegada de un cadáver!