Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —Estaré de regreso mañana por la mañana sin falta —dijo al propietario—. ¡Ya comprenderá usted que aguardan mi ópera con impaciencia y que no tengo un minuto que perder para terminarla!
En efecto, al dÃa siguiente, a eso de la una de la tarde, nuestros lectores hubieran podido ver a Jimson por el camino que sigue la orilla del rÃo entre Padwick y Haverham. Llevaba en una mano un cesto con provisiones y en la otra una pequeña maleta donde iban sin duda sus papeles de música. Empezaba el mes de octubre, cubrÃa el cielo una capa espesa de color gris terroso, brillaba el Támesis débilmente como un espejo de plomo y el viento arrastraba las amarillentas hojas de los castaños. No hay estación en Inglaterra que más estimule las fuerzas vitales, y Jimson, aunque no dejaba de sentir graves preocupaciones, mientras marchaba iba tarareando un aire, composición suya, tal vez.