Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver «No creo que los grandes compositores empiecen su trabajo de ese modo —pensó Gideon—; pero Jimson es un hombre original y, por mi parte, me serÃa muy difÃcil empezar de otra manera. Ahora la dedicatoria que hará seguramente el mejor efecto. Dedicada a… ¡vamos a ver! ¿A quién?… Dedicada a William Ewart Gladstone, por su respetuoso servidor J. B. J. ¡Ahora habrÃa que agregar alguna música! Lo mejor será evitar la obertura: temo que esta parte ofrezca demasiadas dificultades. Vamos a ver qué tal saldrá un aria para tenor. ¡Hay que ser ultramodernista! ¡Siete bemoles en la clave!».
Hizo como lo decÃa, no sin trabajo, pero no tardó en detenerse, y empezó a mordisquear la punta de su portaplumas. La vista de una hoja de papel pautado no basta por sà sola para provocar la inspiración, sobre todo en un simple aficionado; y la presencia de siete bemoles en la clave no es lo más a propósito para facilitar la improvisación. Gideon arrojó bajo la mesa la hoja empezada.
—¡Estos esbozos tirados bajo la mesa contribuirán poderosamente a reconstruir la personalidad artÃstica de Jimson! —se dijo para consolarse de su fracaso.
Solicitó de nuevo la inspiración de la musa en diversos tonos y sobre diversas hojas de papel, pero siempre con los mismos resultados negativos. Estaba asustado.