Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡Es extraño! ¡Hay dÃas que no se siente uno inspirado! —se dijo—. ¡Y sin embargo es preciso, absolutamente preciso que Jimson deje algo compuesto!
Y volvió nuevamente a devanarse la mollera.
La penetrante frescura del pabellón no tardó en invadir todos sus miembros. Levantóse y con evidente contrariedad para las ratas, empezó a pasearse por la habitación. Desgraciadamente no lograba entrar en calor.
—¡Esto es absurdo! —se dijo—. ¡Todos los riesgos me son indiferentes, pero no quiero coger una bronquitis! ¡Tengo que salir de esta caverna!
Avanzó hasta el balcón y por primera vez miró hacia el rÃo. Inmediatamente se sobresaltó, lleno de sorpresa. A algunos centenares de pasos más lejos descansaba un yate a la sombra de los sauces. Junto al yate se balanceaba una elegante barquilla; las ventanas del primero estaban adornadas con cortinillas de inmaculada blancura y flotaba en su popa una bandera. Cuanto más contemplaba Gideon aquel yate, mayores eran su despecho y su asombro. Aquel yate se parecÃa extraordinariamente al de su tÃo; hasta hubiera jurado que era el mismo, a no ser por dos detalles que hacÃan imposible la identificación. Era el primero que su tÃo se habÃa dirigido hacia Maidenhead y no podÃa encontrarse en Padwick; el segundo, más expresivo si cabe, era que la bandera que flotaba en su popa era la bandera americana.