Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver «¡Sin embargo, vaya un parecido extraño!», pensó Gideon.
Y mientras así miraba y reflexionaba, se abrió una puerta y apareció una señora joven en el puente. En un abrir y cerrar de ojos el abogado se metió en el pabellón: acababa de reconocer a Julia Hazeltine. Observándola por la ventana vio que bajaba a la barquita, empuñaba los remos y se dirigía resueltamente al sitio en que él se encontraba.
—¡Vamos, estoy perdido! —se dijo. Y se dejó caer en la silla.
—¡Buenas tardes, señorita! —dijo desde la orilla una voz en la que Gideon reconoció la de su casero.
—¡Buenas tardes, caballero! —respondió Julia—. Pero no tengo el gusto de conocerlo; ¿quién es usted? ¡Ah, sí, ya recuerdo! ¡Es usted el que me dio permiso ayer para ir a pintar en ese pabellón viejo!
El corazón de Gideon latió apresuradamente lleno de espanto.
—¡Sí, soy yo! —respondió el hombre—. ¡Precisamente quería decir a usted que ya no me es posible concederle ese permiso! ¡Mi pabellón está alquilado!
—¿Alquilado? —exclamó Julia.
—Alquilado por un mes —repuso el hombre—. ¿Le parece a usted extraño? Yo me pregunto qué se propondrá hacer el que lo ha alquilado.