Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Por estas razones era doblemente notable el fenómeno que se producía cierta tarde de otoño en una carretera que atravesaba una verde pradera, no lejos de Padwick. En el pescante de una gran carreta cubierta iba sentado un joven de apariencia modesta (y por qué no decirlo) bastante idiota. Llevaba las riendas sobre las rodillas y el látigo detrás en el interior de la carreta. El caballo iba adelantando sin necesidad de que nadie le dirigiese ni arrease; y el joven cochero, transportado a una esfera superior a la de sus ocupaciones diarias, con los ojos en el cielo, se consagraba por completo a un flautín en re, recién comprado, y del que se esforzaba por extraer penosamente la amable melodía de El gañán, y en verdad, para un observador que la casualidad hubiese colocado en aquel momento en medio de la pradera, aquel espectáculo hubiera tenido un interés inolvidable y hubiera podido decir: ¡Al fin he tropezado con un aprendiz de flautín! El bondadoso y estúpido joven, que se llamaba Harker, y estaba empleado en casa de un alquilador de carros de Padwick, acababa de repetir por vigésima vez su canción, cuando se sintió profundamente avergonzado al notar que no estaba solo.
—¡Bravo! —exclamó una voz varonil, a orillas de la carretera—. ¡Eso se llama entenderlo! ¡Únicamente se nota algo de flojedad en el estribillo! —añadió la voz, con el tono del que es perito en la materia—. ¡Vamos, otra vez!