Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Desde el fondo de su humillación, contempló Harker al hombre que acababa de hablarle. Se halló con un mocetón de unos cuarenta años, curtido por el sol, afeitado y que seguía a la carreta con paso verdaderamente militar, haciendo molinetes con un garrote que llevaba en la mano. Sus vestidos no estaban muy allá, pero el hombre parecía limpio y lleno de dignidad.
—¡Soy un pobre principiante —murmuró Harker—, y no creía que nadie me oyese!
—¡Pues bien, así me gusta! —dijo el hombre—. Empieza usted algo tardé, pero no importa. ¡Vamos, voy a echarle una mano! ¡Déjeme usted sitio en el pescante!