Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Un momento después, el hombre se hallaba sentado al lado de Harker y tenía en sus manos el flautín. Sacudió primero el instrumento, mojó la embocadura, como hacen los artistas consumados, pareció esperar la inspiración de arriba, y atacó por último resueltamente una canción popular. Su ejecución dejaba tal vez algo que desear: no sabía dar al flautín esa dulzura aérea que, en ciertas manos, hace competir a este instrumento con los pájaros del bosque. Pero, por el ardor, la viveza y el desembarazo con que tocaba, era un flautista sin rival: Harker era todo oídos, y aquella canción tan bien tocada le llenó de desesperación, dándole a conocer su propia inferioridad. Casi inmediatamente El placer del soldado le hizo olvidar este mezquino sentimiento y excitó en su alma el entusiasmo más generoso.
—¡Ahora le toca a usted! —le dijo el tocador ofreciéndole el flautín.
—¡Oh, no, imposible después de usted! —exclamó Harker—. ¡Usted es un verdadero artista!
—¡De ninguna manera! —respondió modestamente el desconocido—: soy un simple aficionado como usted. ¡Le diré a usted más aún! Yo tengo una manera de tocar el flautín y usted otra y debo declararle que prefiero la suya a la mía. Pero, ya ve usted, yo empecé a tocar cuando era un muchacho y no tenía el gusto formado. ¡Vamos! ¡Toque usted esa canción! ¿Cómo es?…
Fingió hacer grandes esfuerzos para recordarla.