Aventuras de un cadaver

Aventuras de un cadaver

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En el pecho de Harker surgió una tímida esperanza, por otra parte insensata. ¡Sería posible! ¿Habría algo de particular en su manera de tocar? La verdad es que él mismo había experimentado a veces la impresión de descubrir en los sonidos que emitía, cierta riqueza poética. ¿Sería acaso un genio? Mientras se dirigía esta pregunta, el desconocido seguía haciendo vanas tentativas para dar con la canción de El gañán.

—¡No —dijo al fin el pobre Harker—, no es eso enteramente! Mire usted cómo empieza… ¡Oh!, lo hago únicamente para indicarle a usted la música.

Diciendo esto tomó el flautín entre sus labios y tocó la canción entera una, dos y hasta tres veces. Su compañero intentó de nuevo tocarla, pero fracasó igualmente. Y cuando Harker comprendió que él, tímido principiante, estaba dando una verdadera lección a aquel flautista consumado, sintió tan inmensa satisfacción que el campo le pareció bañado en los resplandores de su gloria. Imposible me sería a no ser que el lector sea aficionado al flautín, hacerle comprender el grado de vanidad idiota a que llegó el desdichado mozo. Por lo demás, un solo hecho bastará para pintar la situación. A partir de aquel momento fue Harker el único que tocó y su compañero se limitó a oírle y aplaudirle.


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