Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Sin embargo, mientras le escuchaba, no echaba en olvido ese hábito de prudencia militar que consiste en enterarse siempre de lo que hay alrededor de sÃ; gracias a esto, iba calculando el valor de los diversos paquetes que contenÃa la carreta y esforzándose por adivinar el contenido ya de los paquetes envueltos en papel gris, ya de una magnÃfica cesta, ya de una caja de madera blanca; al mismo tiempo se decÃa que aquel gran piano, cuidadosamente embalado, podrÃa ser un bonito negocio si por sus dimensiones no hubiera dificultades para realizarlo. Mirando hacia adelante, divisó nuestro hombre, en un recodo de la pradera un ventorrillo rústico, rodeado de rosas. «¡A fe mÃa, voy a intentar el golpe!», se dijo por conclusión. E inmediatamente propuso a su compañero tomar una copa.
—Es que… no tengo costumbre de beber —dijo Harker.
—Oigame usted, joven —interrumpió su compañero—. ¡Voy a decirle a usted quién soy yo! ¡Soy el sargento Brand del ejército colonial! ¡Con esto basta para que sepa usted si soy o no bebedor!