Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡Dios omnipotente! —exclamó el impresionable John—. ¿Pero con qué motivo? ¿Qué interés puede tener en ello?
—¡Impedirnos cobrar los beneficios de la tontina!
—¡Pero si no puede! —replicó John—. Tú puedes exigirle un certificado del médico.
—¿Y no has oÃdo hablar nunca de médicos que se dejan sobornar? Abundan tanto como las fresas en los bosques; hallarás cuantos quieras a tres libras y media por cabeza.
—¡Lo que es yo, si fuera médico, no lo harÃa por menos de cuarenta libras! —No pudo menos de decir John.
—Asà pues, Michael se propone explotarnos a nosotros —prosiguió Maurice—. Su clientela va disminuyendo y su reputación declina; evidentemente tiene alguna intriga entre ceja y ceja, porque el tunante es más listo que Cardona. Pero yo no me mamo el dedo, y además tengo de mi parte la ventaja de la desesperación. Siendo niño y huérfano, me han hecho perder siete mil ochocientas libras.
—¡Vaya, no me vengas con tu monserga de siempre! —le interrumpió John—. ¡Ya sabes que has perdido mucho más por quererte desquitar de esa pérdida!