Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Por último, después de cobrar la visita, sir Faraday no deja de llamar al cliente para recomendarle de modo categórico, en la puerta de su gabinete, que si quiere preservar su vida, se abstenga de comer esturión cocido.
El desdichado Joseph estaba sometido con espantoso rigor al régimen de sir Faraday Bond. Aprisionaban sus pies las consabidas botas suizas; su pantalón y americana eran de verdadero paño higiénico; su camisa era de franela, no menos higiénica (aunque a decir verdad, no de la más cara), y se hallaba envuelto en la inevitable pelliza de piel de marta. Los mismos empleados de la estación de Bournemouth podían reconocer en aquel anciano a una víctima de sir Faraday, que, dicho sea de paso, enviaba a todos sus pacientes a veranear en el mismo punto. En la persona del tío Joseph no había, a decir verdad, más que un solo indicio de sus aficiones individuales, a saber: una gorra de turista de visera puntiaguda. Toda la elocuencia de Maurice había sido inútil ante la obstinación del anciano en conservar aquel tocado que le recordaba la terrible emoción que experimentó en otro tiempo, al encontrarse con un chacal medio muerto en las llanuras de Efeso.