Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡No, no! ¡Estamos tocando el violón! —dijo Maurice—. Hay que estudiar la cosa con más cuidado. Figúrate —repuso tras un momento de silencio, y hablando con frases entrecortadas, como si pensase en voz alta—, figúrate que alquilamos una casa de campo por un mes. El que alquila una casa semejante, puede comprar una caja de embalar sin que llame la atención. Figúrate, además, que alquilamos la casa hoy mismo, que esta tarde compro la caja y que, mañana por la mañana, la llevo en una carretilla de mano, yo mismo en persona, a Ringwood, a Lyndhurst o a cualquiera otra estación. Nada nos impide poner encima la siguiente inscripción: Muestras. ¿Qué te parece, Johnny? ¡Creo que esta vez he puesto el dedo en la llaga!
—En verdad me parece realizable —contestó John.
—Excusado es decir que tomaremos seudónimos. ¡SerÃa una locura conservar nuestros verdaderos nombres! ¿Qué te parece, por ejemplo, «Mastermann»? ¡Tiene cierto carácter majestuoso!
—¡Bah! ¡No quiero llamarme Mastermann! Puedes guardarlo para ti si te agrada. Por lo que a mà hace, me llamaré Vance, el gran Vance: «¡Sin falta, seis últimas noches!». ¡Esto sà que es un seudónimo!