Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡Vance! —exclamó Maurice—; un nombre de payaso. ¿Te figuras que estamos representando una pantomima para distraernos? ¡Nadie puede llamarse Vance, como no sea en un café cantante!
—¡Precisamente por eso me agrada este nombre! —respondió John—. Le da a uno cierto carácter de artista. Por tu parte, puedes llamarte como quieras. ¡Yo me atengo a Vance, y de ahà nadie me saca!
—¡Pero hay otra porción de nombres de teatro! —dijo Maurice, con tono suplicante—. Leybourne, Irving, Brough, Toole…
—¡El único que me agrada es Vance! ¡Canastos! —respondió John—. ¡Se me ha metido en la mollera tomar este nombre, y no hay más que hablar!
—¡Está bien! —dijo Maurice, que comprendÃa que todos sus esfuerzos se habrÃan de estrellar contra la obstinación de su hermano—. ¡Me resigné, pues, a llamarme Robert Vance!
—¡Y yo seré George Vance! —exclamó John—. ¡El único, el verdadero Vance! ¡Música, maestro!