Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Después de arreglar como mejor pudieron el desorden de su traje, los dos hermanos volvieron dando un rodeo a Browndean, a fin de comer y de poder alquilar una villa. No siempre es cosa fácil descubrir inmediatamente una casa amueblada en un sitio que no suelen frecuentar los forasteros. Pero la buena suerte de nuestros héroes les deparó a un carpintero viejo y más sordo que una tapia, que podía alquilarles una casa. Esta última, situada a kilómetro y medio de toda vecindad, les pareció tan apropiada para lo que deseaban, que al divisarla no pudieron menos de cambiar una mirada de inteligencia. Sin embargo, vista de cerca, no dejaba de presentar inconvenientes. En primer término, por su posición, porque estaba situada en una hondonada, que había sido antes, seguramente, un pantano, y como estaba rodeada de árboles por todos lados no debía ser muy clara aun en pleno día. Cubrían las paredes placas verdosas, cuyo sólo aspecto era una amenaza de enfermedad. Las habitaciones eran pequeñas, los techos bajos y el mueblaje de lo más primitivo; reinaba en la cocina cierto perfume de humedad, y el único dormitorio que había no poseía más que una cama. Maurice a fin de obtener alguna rebaja, hizo notar al carpintero este último inconveniente.
—¡Caramba! —replicó el buen hombre, cuando llegó al fin a enterarse—, ¡si no son ustedes capaces de dormir los dos en la misma cama, harían bien en alquilar un castillo!