El Diablo de la botella
El Diablo de la botella –No es eso lo que me interesa –dijo Keawe–. Quiero una hermosa casa y un jardĂn en la costa de Kona, donde nacĂ; y quiero que brille el sol sobre la puerta, y que haya flores en el jardĂn, cristales en las ventanas, cuadros en las paredes, y adornos y tapetes de telas muy finas sobre las mesas; exactamente igual que la casa donde estuve hoy; sĂłlo que un piso más alta y con balcones alrededor, como en el palacio del rey; y que pueda vivir allĂ sin preocupaciones de ninguna clase y divertirme con mis amigos y parientes.
–Bien –dijo Lopaka–, volvamos con la botella a Hawaii; y si todo resulta verdad como tú supones, te compraré la botella, como ya he dicho, y pediré una goleta.
Quedaron de acuerdo en esto y antes de que pasara mucho tiempo el barco regresĂł a HonolulĂş, llevando consigo a Keawe, a Lopaka y a la botella. Apenas habĂan desembarcado cuando encontraron en la playa a un amigo que inmediatamente empezĂł a dar el pĂ©same a Keawe.
–No sé por qué me estás dando el pésame –dijo Keawe.
–¿Es posible que no te hayas enterado –dijo el amigo– de que tu tĂo, aquel hombre tan bueno, ha muerto; y de que tu primo, aquel muchacho tan bien parecido, se ha ahogado en el mar?