El Diablo de la botella
El Diablo de la botella Keawe lo sintió mucho y al ponerse a llorar y a lamentarse, se olvidó de la botella. Pero Lopaka estuvo reflexionando y cuando su amigo se calmó un poco, le habló asÃ:
–¿No es cierto que tu tÃo tenÃa tierras en Hawaii, en el distrito de Kaü?
–No –dijo Keawe–; en Kaü, no: están en la zona de las montañas, un poco al sur de Hookena.
–Esas tierras, ¿pasarán a ser tuyas? –preguntó Lopaka.
–Asà es –dijo Keawe, y empezó otra vez a llorar la muerte de sus familiares.
–No –dijo Lopaka–; no te lamentes ahora. Se me ocurre una cosa. ¿Y si todo esto fuera obra de la botella? Porque ya tienes preparado el sitio para hacer la casa.
–Si es asà –exclamó Keawe–, la botella me hace un flaco servicio matando a mis parientes. Pero puede que sea cierto, porque fue en un sitio asà donde vi la casa con la imaginación.
–La casa, sin embargo, todavÃa no está construida –dijo Lopaka.
–¡Y probablemente no lo estará nunca! –dijo Keawe–, porque si bien mi tÃo tenÃa algo de café, ava y plátanos, no será más que lo justo para que yo viva cómodamente; y el resto de esa tierra es de lava negra.