El Diablo de la botella
El Diablo de la botella –Haces muy bien en usar de tu dinero, esposo mÃo –dijo ella con voz temblorosa.
–Ya sé que hago bien en todo –dijo Keawe, yendo directamente hacia el baúl y cogiendo el dinero. También miró detrás, en el rincón donde guardaba la botella, pero la botella no estaba allÃ.
Entonces el baúl empezó a moverse como un alga marina y la casa a dilatarse como una espiral de humo, porque Keawe comprendió que estaba perdido, y que no le quedaba ninguna escapatoria. «Es lo que me temÃa», pensó. «Es ella la que ha comprado la botella.»
Luego se recobró un poco, alzándose de nuevo; pero el sudor le corrÃa por la cara tan abundante como si se tratara de gotas de lluvia y tan frÃo como si fuera agua de pozo.
–Kokua –dijo Keawe–, esta mañana me he enfadado contigo sin razón alguna. Ahora voy otra vez a divertirme con mis compañeros –añadió, riendo sin mucho entusiasmo–. Pero sé que lo pasaré mejor si me perdonas antes de marcharme.
Un momento después Kokua estaba agarrada a sus rodillas y se las besaba mientras rÃos de lágrimas corrÃan por sus mejillas.
–¡Sólo querÃa que me dijeras una palabra amable! –exclamó ella.
–Ojalá nunca volvamos a pensar mal el uno del otro –dijo Keawe; acto seguido volvió a marcharse.