El Diablo de la botella
El Diablo de la botella Keawe no habĂa cogido más dinero que parte de la provisiĂłn de monedas de un cĂ©ntimo que consiguieran nada más llegar. SabĂa muy bien que no tenĂa ningĂşn deseo de seguir bebiendo.
Puesto que su mujer habĂa dado su alma por Ă©l, Keawe tenĂa ahora que dar la suya por Kokua; no era posible pensar en otra cosa.
En la esquina, junto a la cárcel vieja, le esperaba el contramaestre.
–Mi mujer tiene la botella –dijo Keawe–, y si no me ayudas a recuperarla, se habrán acabado el dinero y la bebida por esta noche.
–¿No querrás decirme que esa historia de la botella va en serio? –exclamó el contramaestre.
–Pongámonos bajo el farol –dijo Keawe–. ¿Tengo aspecto de estar bromeando?
–Debe de ser cierto –dijo el contramaestre–, porque estás tan serio como si vinieras de un entierro.
–EscĂşchame, entonces –dijo Keawe–; aquĂ tienes dos cĂ©ntimos; entra en la casa y ofrĂ©ceselos a mi mujer por la botella, y (si no estoy equivocado) te la entregará inmediatamente. TraĂ©mela aquĂ y yo te la volverĂ© a comprar por un cĂ©ntimo; porque tal es la ley con esa botella: es preciso venderla por una suma inferior a la de la compra. Pero en cualquier caso no le digas una palabra de que soy yo quien te envĂa.