El Diablo de la botella
El Diablo de la botella –No, la casa no –replicó el hombre–; la botella. Porque debo decirle que aunque le parezca una persona muy rica y afortunada, todo lo que poseo, y esta casa misma y el jardÃn, proceden de una botella en la que no cabe mucho más de una pinta.
Y abriendo un mueble cerrado con llave, sacó una botella de panza redonda con un cuello muy largo; el cristal era de un color blanco como el de la leche, con cambiantes destellos irisados en su textura. En el interior habÃa algo que se movÃa confusamente, algo asà como una sombra y un fuego.
–Ésta es la botella –dijo el hombre; y, cuando Keawe se echó a reÃr, añadió–: ¿No me cree? Pruebe usted mismo. Trate de romperla.
De manera que Keawe cogió la botella y la estuvo tirando contra el suelo hasta que se cansó; porque rebotaba como una pelota y nada le sucedÃa.
–Es una cosa bien extraña –dijo Keawe–, porque tanto por su aspecto como al tacto se dirÃa que es de cristal.